
I
Su decisión había sido entendida por todos menos por ella, pero a estas alturas ya daba igual. Como una pelea de niños no recuerda como empezó todo ni menos que la hizo llegar al autoexilio, sola, en su pieza, esa que con tanto ahínco decoró junto a la soledad de las tardes en un invierno aún pueril para sus doce años. Ahora que ya tiene suficiente edad para elegir entre lo bueno y lo malo recuerda con nostalgia los días en que la responsabilidad dormía junto a la vejez; por el umbral de su vida la luz de la mañana ya despertó a una.
Y si quisiéramos saber el por qué de todo la respuesta no sería tan fácil, menos para ella y su cobarde capricho de interna en su propio sanatorio. Y es que fue eso lo que le golpeó la conciencia advirtiendo que un segundo más podría resultar devastador para todos. Durante meses aquel remordimiento de no haberlo pensado antes le privó del único placer que gozamos todos los mortales, el sueño.
Es de mañana y debería estar en el colegio pero el doctor le dijo que sería mejor guardar reposo aquí, en su casa, mientras el cuerpo se iba acostumbrando a los remedios y su cabeza se acomodaba al tratamiento del psicólogo. Dentro de su ignorancia Clarita pensaba en como iba a ser posible “sanarse” en el lugar que más odiaba en el mundo. No era nada contra Mamá ni menos en sus buenas intenciones, tan solo era estar ahí, respirar del mismo aire que le vio nacer de la inmundicia de su atrevido devenir, ese que le aguardaba silencioso detrás de la puerta, esperando a que le niñita fuese más grande, más señorita para que su macabro propósito se cumpliese. Jamás tuvo el valor suficiente para decirlo, tenía miedo a que la escucharan con oídos sordos, a que la trataran de loca. Y a veces imaginaba como reaccionarían si ella contara toda la verdad, así toda esa plata malgastada en pastillas y médicos sería un bien raíz más que útil en el banco de su amor incondicional. ” ¡Como iba a ser posible! ¡Él no sería capaz de hacer algo así! Lo que pasa es que tu estas celosa… ¡No! No me digas, ya se… ¡Tu estás enferma niñita, enferma!”
No tiene porqué levantarse, nada le urgía en su agenda hace ya más de 4 meses y dudo que algo aparezca, menos hoy, un Lunes por la mañana donde todos a los que tiene por amigos y uno que otro sinvergüenza están en el colegio. De seguro ese monumento a la fealdad que tienen como profesora estaría copiando ejercicios del libro en la pizarra y a sus espaladas una manada gigantesca de ociosos, según ella, sin futuro que no hacen nada más que interrumpir la clase. “Si la clarita estuviera aquí yo estaría más tranquila sabiendo que por lo menos alguien me tomaría atención”. Y no es que a clarita le fascinen esos interminables discursos en inglés casi indescifrables por cualquier teólogo de lengua “anglo”, pero esa era una de tantas formas que tenia para alejarse de la realidad, esa cruel verdad que le roía la conciencia aturdiendo su vida y sus ganas por seguir viviéndola.
Abre sus ojos y una vez más (como todos los días) ve el blanco cielo de la pieza teñido por vagas manchas de mugre y polvo. Es como una escena de película que se repite una y otra vez en la el director ha olvidado el guión para ella. Como es verano (las moscas en el aire son la mejor prueba) y el calor se vuelve algo en verdad molesto. No tiene pudor en desnudar su tierno y joven cuerpo de niña sobre la albura de las tibias sábanas de su cama para dormir. No detenerse en aquella porcelana humana sería imperdonable al sano juicio de cualquier ser viviente en este mundo. De larga extensión y armónicas curvas su figura se recuesta de espalda con los brazos vueltos hacia el respaldo de la cama y las piernas cruzadas al borde de la misma. Sobre sus hombros cae una lisa melena color pardo de un brillo aun mayor cuando el sol posa sus rayos sobre su cabello. Sus ojos son dos diamantes que ante el fulgor de la mañana solo pueden acrecentar la luz que de ellos se derrama. Una nariz de finos rasgos y curvatura única, hecha a mano con el cuidado que una obra de arte merece. Que decir de sus labios, dos pétalos de un rojo llevado al frenesí de su apasionado matiz puberto; tan suaves como el terciopelo de sus mejillas, tan dulces como el sabor de sus pechos. Un cuello bañado con flores arrancadas del mismo Edén; ebrio del perfume de las rosas, es morfina para quienes se atreven a besarlo. De sus pechos algo dijimos pero olvidamos mencionar cuan firmes se veían aquella mañana, faltos de ropaje alguno se dejaban acariciar por el fresco de la brisa matinal que venia desde ventana. Del resto de aquel baluarte venusiano destaca el arco que forman sus anchas caderas y la perfección de aquel trasero moldeado con la arcilla de una exuberante proporción artesana. Y todo sería perfecto, todo, si no fuera por la infinidad de rojas líneas dibujadas sobre sus brazos. Son trazos cortos pero precisos que evidencian lo poco y nada que va quedando de amor para consigo. El rojo de la sangre ya cicatrizada y su blanca piel son vestigios de una siniestra amargura psicópata, la sombra de su andar, el verdadero sicario de su belleza. Con frialdad y decisión cuando nadie la ve y todos duermen acostumbra a tomar el cuchillo esbozando con lentitud y firmeza la zanja de piel viva que sangra sin novedad. Es así como el dolor de tener que soportar la mirada inquisidora de Papá por las mañanas se transforma en una mera cosquilla, una punzada idiota y sin gracia ante la navaja recorriendo sus muñecas. Que decir, que hacer, nadie se apiadaría de ella ni de su verdad, la única verdad. No faltaba más que recordar aquello para que nuevamente la cuchilla robada de la cocina se hundiera en sus brazos vertiendo como una verdadera fuente sangre al piso, formando figuras que nadie vería, que nadie entendería, solo ella y su tamaña imaginación.
La noche fue larga y aburrida, como todas, pero hoy un nuevo día empieza y no vale la pena desperdiciarlo en remordimientos y tontas filosofías cristianas “¡Jamás le perdonaré! Antes muerta.” Se levanta de la cama prende la radio y pone música, algo no tan rápido ni tan lento, algo como esas vacías cancioncitas de comerciales de sopa. ¡Como las odio! ¡Todo es tan perfecto, tan maravilloso y fingido! ¡Si hasta el perro parece contento!
Ya con el aparatito sonando entra al baño, su baño personal. Y no se trata de hacer hincapié en su alta alcurnia (porque no la tiene) ni de sus lujos de niña high (porque no lo es), solo es demostrar cuan lejos está del resto. Corre la cortina y entra a la ducha. El agua está más fría que de costumbre pero eso no le impide disfrutar de este placer desnudo y colectivo, sentir agua correr la cara bajando lentamente por sus extremidades, una sensación de limpieza indescriptible y a la vez tan obvia capaz de alentar el ánimo de cualquiera. Cierra los ojos y deja que el rocío le acaricie el rostro. A tientas toma el shampoo que está sobre la pequeña ventana del baño. Toma un poco, lo esparce sobre sus cabellos con suavidad y delicadeza. Lo frota una y otra vez, en círculos cada vez más pequeños. Arriba y abajo, una y otra vez lo frota hasta que la espuma que antes solo cubría su cuerpo ahora cae al piso de la tina disfrazándola con una extraña raza de nieve. Con pudor acaricia sus pechos, los limpia y enjuaga con excitación. Toma el jabón, lo frota en sus manos hasta que una raza aun más rara aparezca. Y cuando esto ocurre la pasa por su abdomen llano y liso, con ternura, como si alguien viviera dentro de él. Sigue bajando hasta encontrar su sexo oculto bajo un frondoso bosque velludo. Lo enjabona con mucho más cuidado y dedicación que el resto de sus partes hasta bordear el orgasmo de una inofensiva ducha. Corta el agua. Todavía tiene shampoo en los ojos. Con premura busca la toalla colgada en la pared. Seca su cuerpo parte por parte hasta quedar completamente seca. Desnuda, sale del baño y se recuesta sobre las sábanas que aun conservan su olor a insomnio y desconsuelo. Cierra los ojos y de deja llevar por la música. El débil canto de un pájaro en la ventana la desvela de su sueño mientras está despierta. Sueña que viaja a lugares desconocidos hasta para el mismo Dios. Sola, y como siempre desnuda, descansa sobre una gran y algodonada nube color libertad, surcando el cielo, sintiendo el soplo del viento sobre su cara, diciendo adiós a las cadenas de su condena. Desde aquí arriba todo se ve muy pequeño; los que antes vanagloriaban de su hombría y poder ahora son solo pequeños puntitos dando vueltas por aquí y por allá. Esos enredados de metal y cemento que desde abajo se ven tan inalcanzables para cualquiera desde aquí son como los árboles de la plaza, pobres víctimas de improvisados cuarteles guerrilleros. Los autos parecen hormigas, una tras la otra formadas en fila hasta llegar a la colonia. ¡Si hasta casi siento el sol dándome besos por la espalda!
Todo iba bien hasta que empezó a perder velocidad y altura. Si esto fuera una serie de ciencia ficción la falla se encontraría en los controles de mando o algo así pero como es un sueño y el único motor de este vehículo es ella nada podemos hacer. Baja de la nube con seguridad y se da cuenta de que está descalza pero ya es muy tarde, una tierra seca y febril ha quemado su lindo par de cenicientas. La nube ya se fue y nada le queda más que correr para no tener que seguir lastimando sus bellos pies de princesa. Corre, como nunca, hasta que los pies le sangran de tanto pisar esas filosas piedras desérticas. Y cuando parecía estar todo perdido ve que un poco más adelante un oasis le saluda con brazos de palmera y una sonrisa tan cristalina como su agua. Dejando tras de si las rojas huellas de sangre y sin pensarlo dos veces sigue corriendo hasta alcanzar el milagro que quizás dios puso en su camino. Pero al poco andar lo que parecía una palmera generosa en sombra y un charco colmado en agua de la más pura no era más que un gran espino adornado con pequeños botones de rosas. Percatarse de este pequeño detalle era imposible ya que en su regocijo y alivio Clarita cerraba sus ojos para caer en este pequeño paraíso arrancado del Edén. A centímetros del espino toma impulso y salta hacia él apresurando su suerte de viajera moribunda. En el aire y con las espinas rozándole la cara abre los ojos y grande fue su sorpresa al ver su cuerpo a segundos de ser perforado por no cientos sino miles de pequeñas agujas herbáceas sedientas de sangre, alimento, como todos sabemos, primordial para una rosa en crecimiento.
Abre los ojos pero esta vez ya está despierta. ¡Solo fue un sueño, nada más que un estúpido y enfermo sueño que casi me caga el amor por las flores!
Ha pasado un buen rato desde que ese artificio griego le nubló la mente. Ahora ya más tranquila y con un cigarrillo entre los dedos se viste. Nada en particular, nada especial, solo una falda y sandalias. A ningún lado iría, ni tampoco hoy es Viernes para ir donde el ladrón del psicólogo. Desde la escalera siente unos pasos. No parecen de mujer, sino de hombre. Espero que no sea él. ¿Y si así fuera, que querría ahora? No, si fuera él tendría que ser pasos más rápidos, de dos en dos, como acostumbra a subir los peldaños cuando nadie está en casa a excepción de él y yo. Tal vez sería el Néstor, pero ese pendejo está en la escuela de seguro jugando con los brutos que tiene por compañeros. La Tere, no la Tere no podría, a penas se puede las patas, pensarlo seria cruel… ¡Nadie puede subir escaleras con un silla de ruedas a cuesta! Y entre tanto pensarlo el misterioso visitante ya estaba en la puerta haciendo presencia con un distinguido y poco común toc toc. ¿Quien es? Nadie responde. Una vez más. ¿Quién es? Lo mismo. Se levanta de la cama abre la puerta.
-Aquí está el desayuno, un poco tarde eso si pero pensé que seguías durmiendo-le dice mamá con una bandeja en las manos.
-La primera comida del día es la más importante para tu cuerpo y mente-sigue
-Solo si tienes que hacer algo, y como verás…-
-Ya se lo que estás pensando, pero seguir con esa idea en la cabeza no te parece algo ya de niñita chica. Te creería si tuvieses la edad del Néstor pero tú, una mujercita ya bien grande. Tampoco te me subas por el chorro pero es verdad. Si fuera un poco más confiada conmigo, ¡Soy tu madre por la cresta! Que te cuesta Clara, dime que te pasa, háblame. Te prometo que si algo hiciste no me voy a enojar ni nada, pero por el amor a dios ¡dime que mierda te pasa!
-Me voy a morir diciéndole que nada, que nada me pasa, que estoy bien, que solo quiero estar aquí, sola, hasta que me sienta mejor-
-Ya sé, estás embarazada… Por la chucha si yo sabía que algo así era. Tu y tus amistades esas que tienes en el colegio no te llevarán a ninguna parte. ¡Nada costaba poner un condón! No digo yo, ni siquiera saben prepararse unos huevos revueltos y andan haciendo cosas de grande. La primera vez que tu papá y yo...-
-Mamá no estoy embarazada-
-No si yo voy a hablar con tu profesora, quizás cuantas niñas en el colegio están en las mismas…-
-Mamá
-¿Qué?
-A caso no me escuchó, ¡No estoy embarazada!
-¿A no?
-No pue, ahora si están amable- Le indica la puerta.
-Pero mijita, si yo le traigo el desayuno y aparte así conversamos las dos.
-Por lo que veo su sordera y poca confianza harían muy difícil que nos entendiéramos.-
Toma una tostada, la mastica y prueba el té.
–Uy! ta’ súper rico el pancito y el te ta’ como me gusta… suavecito como pichí de gato-
-Ay no sea asquerosa niña por dios-
-Ya ahora por favor mamá, déjeme solita gracias.-le da empujoncitos hasta que pase el umbral que separa su mundo del resto.
-Será pue. Oiga gorda que va a querer de almuerzo-se oye desde el otro lado de la puerta
-Gorda estás tu y también la gata que pareciera que alimentas en el MC’ donalds. Hambre no tengo, aparte que con este rico desayuno- miente -voy a quedar más que satisfecha.
-…
-Te quiero
II
Las tostadas no estaban tan mal, tampoco el te ni menos la linda bandeja de plata en la que todo este mini banquete venia preparado. El problema era otro y ella lo sabía. ¿Por cuánto tiempo debería callar este acoso a su conciencia? ¿Tan terrible sería decirlo todo? ¿Qué ocurriría si de una vez por todas saliera de ese claustro que le priva contar la verdad? Claro, ya todos saben como es ella, y su “pequeño” problemita.” Lo que pasa es que la clarita es una niña muy especial, muy retraída. Ya el médico nos dijo que no era nada anormal, que todas las niñas de su edad pasaban por esa etapa de aislamiento” ¡Mentira! Ese sucio matasanos lo único que sabe hacer cuando llega a la casa es escribir, escribir y escribir remedios en la puta hojita que guarda en su maletín de cuero. “El prozac es un medicamento sumamente fuerte pero en el estado en que se encuentra su hija no creo que los efectos secundarios sean muy fuertes. Ahora cuando le vengan esos ataques de histeria, que posiblemente lleguen en cualquier momento, le da esta otra pastilla, de de 500mg, pero solo la mitad. Después de ocho horas le da la otra. Recuerde ¡Solo después de ocho horas, no antes ni después! En esto de las recetas deben ser sumamente precisos. Ahora para esas cosas que tiene en los brazos… bueno, ustedes saben de lo que hablo… esos cortes, que dudo sean obra de la sangrada familia o estigmas heredados del padre pio, deben ser curados con lo típico, gasa, algodón, un poco de alcohol, povidona lo que sea. Es necesario que la mantengan vigilada día y noche. No sabemos que efecto puedan causar los medicamentos en una cabeza como la de ella. Si bien es cierto estas drogas están bajo prescripción medica, o sea mía, no se asegura su buen funcionamiento. Además ustedes y yo conocemos bien a la clarita. Me refiero a que deben estar preparados para lo peor. No quiero que se alarmen por lo que voy a decir pero las estadísticas nos dicen que un porcentaje no menor de adolescentes se suicidan. A todo esto ¿Ella se alimenta bien? Lo digo porque todo esto podría ser el comienzo de una Anorexia…”
Y así, con la compañía de un cafecito y galletas, este Nostradamus de la medicina moderna daba su discurso semanal de lo que no debían hacer, de lo necesario e indispensable. Todas sus visitas terminaban igual, con esa expresión sádica en el rostro y su particular “cualquier cosa me llaman”. ¿No les ha pasado que cuando ven a alguien por primera vez ya sabes toda su vida con solo ver su rostro? No son prejuicios, es solo intuición. Si es cosa de verlo, ahí con su trajecito de doctorcito empaquetado, su fino bigote en punta y una despoblada testa brillante. Doy por hecho que debe ser de estos tipos acomodados que salvan el día con un par de visitas a casa y el resto es esperar que la secretaria le tome pacientes en la consulta. En su escritorio debe haber una de esas plaquitas de bronce con su nombre, ahí bien grande para que todos la vean con esa letra cursiva y arrogante: DR. EMILIO ECHEÑIQUE BLA BLA BLA… Y en las murallas el infaltable diploma que certifica su egreso de alguna universidad paltona o acaso pagada, de esas bien caras que te ofrecen cuando eres pendejo en el colegio. Pero recién estamos empezando la semana y aun falta para que una vez más Mister farmacia asome su taco de recetas por la casa.
Mamá le había prometido un rico almuerzo para más tarde. Bueno, no lo había dicho así con todas sus letras pero su tono bonachón y sincero le daba a entender que sí. Pobrecita, tanto se había esmerado con el desayuno que pensándolo bien estaba bien arregladito para ser eso, un desayuno. Ahora que lo mira con detenimiento se da cuenta que el té se servía en una tacita de fina estirpe cerámica. Traídas directamente de la Asia oriental por su tío, Clarita recuerda con claridad aquel día en que la octava maravilla nacía de una linda caja cubierta con papel de regalo. Con severidad y rectitud mamá había proclamado ya desde el inicio del advenimiento de este lujo burgués la primera y única norma: Para todos estaba estrictamente prohibido acercarse a menos de dos metros del estante en las que serían puestas; hoy la ex-lujosa-colección de porcelana duerme tiernamente bajo el alero del polvo y el inevitable tiempo.
Cerca del plato con tostadas una servilleta de tela bordada demostraba la preocupación de mamá por su hija. Toda tenia que ser perfecto para ella, la luz de sus ojos, la niña más linda de este mundo. Seguía paso a paso los consejos del doctor, todo para que la clarita sintiese ese amor que muchas veces les era imposible entregar. Y cuando ya todo parecía como arrancado de un película gringa su ojos se centran al detalle más lindo que nadie pudo darle; una rosa fresca, recién cortada, que aún conservaba las espinas. De pétalos casi púrpura este regalo de la madre tierra llevaba consigo un esplendor invisible a los ojos de cualquiera. Era una belleza tan simple y a la vez tan cargada que en cosa de segundos enamoró sus ojos. Parecía que recién hubiera despertado de un sueño eterno. Sobre su corazón aun quedaban lágrimas del rocío mañanero, como si la nostalgia de primaveras perdidas invadiera su abotonada conciencia en este atormentado verano febril. Con suma delicadeza y experiencia Clarita la tomó por el tallo clavando en sus manos el precio de tanta hermosura. La sostuvo con fuerza hasta un rojo aún más fuerte que la propia rosa floreciera de sus dedos. Lentamente las temerosas gotas de sangre empezaron a brotar con seguridad dejando sobre su muslo una trama cuneiforme que al poco tiempo se iba secando. Y Clarita lloró, como nunca o como siempre, mezclando hemoglobina y agua, diluyendo el carmesí de aquel óleo hipnotizante. Con amargura dejó que los fantasmas de la memoria le revolvieran una vez más su desquiciada cabeza. Las paredes se volvían contra ella, achicando su espacio, negando su vivir, maldiciendo cada minuto de su asquerosa y mancillada existencia. ¡Hasta el mismo cielo se venía contra ella! Desde las alturas se escuchaban murmullos, insinuaciones, gritos, risas que, ciertamente, desde allá abajo no se podían entender bien.
-¡Cállate imbécil! De allá arriba es todo muy fácil para ti. ¿Qué dices? Haber, ¡Dímelo! Cobarde eso eres, un sucio cobarde que no supiste estar ahí cuando más necesité de ti. Me das asco, escucha bien ¡ASCO!...
No bastaron las espinas. Abrió el cajón del velador y empezó a buscar su propio bisturí. Papeles, cuadernos, lápices, uno que otro cigarrillo perdido en la anacronía de un desesperado vicio pero al fin pudo encontrar, en medio de un mar de colillas y cortos de tabaco verde, su propia anestesia. Empuñó con decisión y sin vacilar hizo que el filo de la navaja besara con rudeza su piel. Uno, dos, tres y ahí una vez más una nueva enfermedad se inscribía en los anales de la ciencia; la hemofilia forzada. Una autodestrucción inmediata, latente y viva, inmortal, vitalicia e imposible de detener…
El resto se resume a un concierto para violín sin espectadores ni teatro alguno en el que la madera fue cambiada por la ternura de la carne y la inmortalidad de unos roídos de los huesos.
II
Como todas las mañanas en las que despertaba luego de haber iniciado una de esas noches limpió sus ojos húmedos con la deshonrosa sábana llena de sangre. Sus brazos aun ardientes y delicados no eran nada de lo otro mundo, nada que no haya vista antes. Chascona y ahora un poco más tranquila colocó la mano bajo la cama. A ciegas buscó uno de esos calmantes que mucho distaban de lo que el doctor le había sugerido. ¡Bingo! Y frente a ella lo poco y nada que iba quedando de ron. Abrió la botella con rapidez y bebió hasta acabarlo. Por el cuello tomó el envase y lo arrojó contra la pared y en un dos por tres cientos de pequeños pedacitos de vidrio danzaron sobre el suelo. Silencio. Estaba sola, como todos los martes. Papá en el trabajo, mamá en el gimnasio, la Tere tal vez inerte en el living y el pendejo en la escuela.
-Ese hijo de puta las tiene que pagar.
-Eso ya pasó, piensa en tu futuro. No puedes vivir siempre en el recuerdo. Debes aprender a perdonar.
-¡Jamás! Nunca lo olvidaré. ¿Á caso no ves que por eso estoy como estoy? He vivido 120 días aquí encerrada por decisión propia, aunque me duela vivir bajo el mismo techo que él, pero no tengo a ninguna parte donde ir. Siento miedo de que un día de estos el muy infeliz se ponga “cariñoso”. ¿O se te olvida que aquí la única que sale perdiendo soy yo?
-Trata de relajarte, de poner en la balanza lo bueno y lo malo así verás que…
-¡A la chucha tu puta balanza! ¡A la mierda todos! Veo que eres igual que el resto, sumisa, indolente ante ti misma.
- Haber, Haber, Haber la que se desquita con violencia y cero auto respeto no soy yo…
- Como se nota que no vales nada.
-Y si nada valgo ¿Por qué hablas conmigo?
-Porque estoy sola y no hay nadie que me escuche a excepción de ti clarita
-Ves, me necesitas, soy tu consuelo. Eres tan penosa que ni siquiera puedes diferenciar entre lo vivo y lo muerto. ¡Me das lástima!
-¡Cállate!
De rodillas sobre el suelo y los restos de la botella comienza a llorar. Cada lágrima que de sus ojos cae se fusiona con ese vidrio curado hecho en sangre. Ya nada importa, nada sirve, nada.
Un diazepam y esperar a que el nuevo despertar sea un poco más alentador.
IV
El tiempo pasa y el único recuerdo que nos podemos llevar de él es eso, los recuerdos. Y a mi me tocó la pero parte. Durante semanas me dejé rayar, cada hoja, cada espacio, cada margen de mí fue tatuado con rabia y esperanza de que alguna vez todo se supiera. Pero mi historia queda hasta aquí. Dejó de escribir hasta que el último rayito de sol que le iba quedando renunció a la vida. Lo que sigue se los puedo contar a mi manera ya que fue testigo presencial de aquel desafortunado día en que me guardó en sus ropas y acabó con todo.
Una mamá desalmada, un papá ensimismado, una ambulancia y un final ya sospechado. No es tarea fácil despertar de la muerte a quien corta sus venas deja sin vino el corazón de su emborrachado vivir. Según los doctores ya estaba todo perdido, según papá algo más se podía hacer. Quizás fue el remordimiento el causante de que aquellas palabras nacieran de su boca, más que mal todo era su culpa. Su hija había muerto y mamá no entendía como, pero él si. El silencio nunca fue más evidente.
Hoy, dos metros bajo tierra y con un centenar de gusanos devorando cada parte de mi bella clarita, narro esta breve historia para quien la quiera escuchar, y me quedo más tranquilo sabiendo que mi niña, esté donde esté podrá entender por primera vez lo que realmente significa la palabra paz.